Hace un año que mi marido y yo decidimos dar ejemplo coherente a nuestros hijos atrapados en la vorágine del consumismo fácil, por demás atractivo , y la evidente poca preocupación por los males del planeta.
No es labor de comenzar a reorganizar el mundo sin un previo ataque a la conciencia adictiva que hasta hace poco se encontraba aun morando a sus anchas en nuestra propia mente de adulto, por demás también consumista. Decidimos comenzar donde la naturaleza tocaba nuestras vidas, llenas aún del poco compromiso instaurado por la modernidad.
Es decir, decidimos optar por la onda ecologista.
Al hablar de ecología, y compromiso solidario con la naturaleza, lo primero que nos viene a la mente es la palabra reciclaje, se reciclan los botes de leche y los envases de plástico, así mismo reciclamos cartón y novelas baratas, es verdad que también se reciclan los maridos, y los novios, pasando de una amiga a otra, y así como ocurre con los cartones de leche encontramos en el recién reciclado cónyuge nuevas virtudes ahí donde su anterior pareja no las supo encontrar, pero eso ya es otra historia.
Después de un poco de investigación en el infinito acervo de sabiduría virtual llamado Internet, caímos en la cuenta de la imperiosa y por demás innegable necesidad de reaprovechar la impresionante cantidad de desechos que estábamos generando cada día. Lo primero que cruzo por nuestra recién inaugurada conciencia de reciclaje fue producir compost con los desechos de la cocina. Del compost surgió la idea de aprovecharlo todo en un huerto familiar.
Compramos semillas, utensilios, tierra apropiada, un espantapájaros que después fue desplazado por dos CD’S colgantes que a modo de espejo amenazante mantenían a raya a los pájaros que habían encontrado en los hombros del espantapájaros un cómodo mirador que les permitía elegir las mejores semillas del huerto. Y a partir de ahí nos dedicamos a escudriñar durante semanas el momento de aparición de las pequeñas plantas que emergían como promesa, ya no de acabar con el hambre mundial, pero si de proveer de materia prima y libre de productos químicos a las ensaladas y guisos de la familia.
Salieron cinco tomates, dos murieron comidos por los pájaros que lograron burlar la celosa vigilancia de los CD’S que continuaban reflejando la luz solar. Otros dos terminaron podridos por la lluvia temprana. Nuestra cosecha al final nos regalo con un tomate, dos zanahorias minúsculas, por haberlas sacado antes de tiempo, un rabo de cebolla cambray y tres chiles poblanos que no alcanzaron el tamaño definitivo por el comienzo de frío invernal. Sólo nos pudimos comer el tomate.
Este año hemos comenzado temprano, las semillas van emergiendo en su semillero, aprovechamos, como buenos ecologistas, todo el producto orgánico, a condición de que no sea que no sea cárnico ni grasoso, para alimentar a nuestra legión de lombrices californianas que nos entregan a cambio un humus capaz de volver el desierto en paraíso. Los CD’S ya cuelgan, insuperables, sobre el pequeño huerto cubierto de humus que espera listo para recibir los pequeños embriones germinados de la plantas que esperamos harán las delicias de nuestras comidas de verano.
No se si es mas rentable seguir siendo una consumista en época de crisis o hacerse cargo del lujo de tener un huerto familiar, con lombrices incluidas. A estas alturas estoy comenzando a suponer que los hijos han llegado a la conclusión de que ser ecologista es tan caro e inalcanzable como consumir vestidos de diseño.
De esos vestidos en que se invierte mucho tiempo, mucho dinero, y mucha ilusión para una única ocasión de éxtasis.
Así, igual que como nos paso con el tomate.
No es labor de comenzar a reorganizar el mundo sin un previo ataque a la conciencia adictiva que hasta hace poco se encontraba aun morando a sus anchas en nuestra propia mente de adulto, por demás también consumista. Decidimos comenzar donde la naturaleza tocaba nuestras vidas, llenas aún del poco compromiso instaurado por la modernidad.
Es decir, decidimos optar por la onda ecologista.
Al hablar de ecología, y compromiso solidario con la naturaleza, lo primero que nos viene a la mente es la palabra reciclaje, se reciclan los botes de leche y los envases de plástico, así mismo reciclamos cartón y novelas baratas, es verdad que también se reciclan los maridos, y los novios, pasando de una amiga a otra, y así como ocurre con los cartones de leche encontramos en el recién reciclado cónyuge nuevas virtudes ahí donde su anterior pareja no las supo encontrar, pero eso ya es otra historia.
Después de un poco de investigación en el infinito acervo de sabiduría virtual llamado Internet, caímos en la cuenta de la imperiosa y por demás innegable necesidad de reaprovechar la impresionante cantidad de desechos que estábamos generando cada día. Lo primero que cruzo por nuestra recién inaugurada conciencia de reciclaje fue producir compost con los desechos de la cocina. Del compost surgió la idea de aprovecharlo todo en un huerto familiar.
Compramos semillas, utensilios, tierra apropiada, un espantapájaros que después fue desplazado por dos CD’S colgantes que a modo de espejo amenazante mantenían a raya a los pájaros que habían encontrado en los hombros del espantapájaros un cómodo mirador que les permitía elegir las mejores semillas del huerto. Y a partir de ahí nos dedicamos a escudriñar durante semanas el momento de aparición de las pequeñas plantas que emergían como promesa, ya no de acabar con el hambre mundial, pero si de proveer de materia prima y libre de productos químicos a las ensaladas y guisos de la familia.
Salieron cinco tomates, dos murieron comidos por los pájaros que lograron burlar la celosa vigilancia de los CD’S que continuaban reflejando la luz solar. Otros dos terminaron podridos por la lluvia temprana. Nuestra cosecha al final nos regalo con un tomate, dos zanahorias minúsculas, por haberlas sacado antes de tiempo, un rabo de cebolla cambray y tres chiles poblanos que no alcanzaron el tamaño definitivo por el comienzo de frío invernal. Sólo nos pudimos comer el tomate.
Este año hemos comenzado temprano, las semillas van emergiendo en su semillero, aprovechamos, como buenos ecologistas, todo el producto orgánico, a condición de que no sea que no sea cárnico ni grasoso, para alimentar a nuestra legión de lombrices californianas que nos entregan a cambio un humus capaz de volver el desierto en paraíso. Los CD’S ya cuelgan, insuperables, sobre el pequeño huerto cubierto de humus que espera listo para recibir los pequeños embriones germinados de la plantas que esperamos harán las delicias de nuestras comidas de verano.
No se si es mas rentable seguir siendo una consumista en época de crisis o hacerse cargo del lujo de tener un huerto familiar, con lombrices incluidas. A estas alturas estoy comenzando a suponer que los hijos han llegado a la conclusión de que ser ecologista es tan caro e inalcanzable como consumir vestidos de diseño.
De esos vestidos en que se invierte mucho tiempo, mucho dinero, y mucha ilusión para una única ocasión de éxtasis.
Así, igual que como nos paso con el tomate.
