miércoles, agosto 12

De mentiras y mentirosos

Las Mentiras son espantosas.

No sólo por lo que implican, que ya de por si es desagradable. Pues tiene que ver con perdida de confianza y credibilidad. Sino que al ser mentira, carece del cimiento duro y consistente que otorga la verdad y tarde o temprano termina por desmoronarse, como la casa de paja construida por el primero de los cerditos del cuento. En este caso, la verdad actúa como el soplido del lobo. Y tampoco hace falta mucho, muchas veces al primer intento, todo se derrumba.

Ni siquiera las mentiras piadosas se salvan de esta frágil cimiente. Pues el mentiroso por piedad, al ser descubierto se convierte en mentiroso sin más. Y su credibilidad disminuye de manera considerable. Yo no creo en las mentiras piadosas. Aunque hay modos y mas modos de disfrazar la verdad.

Pero mentir aunque sea por piedad es mentir.

Cualquiera que haya vivido el engaño de alguien significativo vive el tremendo dolor de la trampa. Y sin embargo cada vez nos damos con más alegría y despreocupación al arte de ocultar la verdad.

Mentimos cuando mostramos al mundo lo que no somos, y lo que no hemos sido, mentimos para justificar retrasos, abandonos, olvidos, carencias, o por no saber, por encontrar otra salida, más rápida y menos comprometida. Mentimos cuando la situación por incomoda es insostenible, buscamos no hacer daño y en el intento se libra la peor batalla, pues se compromete a uno mismo en la presunta salvación del otro.

Y aunque parezca lo contrario, mentir y conservar la mentira como verdad es mucho más arduo y complicado, que simplemente dedicarse a decir la verdad. Mentir exige el esfuerzo de recordar a cada momento los detalles exactos de lo que se ha dicho para no caer en trampas o contradicciones. Exige que el guión se ajuste fielmente a la presunción de la nueva trama y que todos los personajes estén de acuerdo en seguir al pie de la letra lo pactado, en caso de ser una mentira colectiva. Un paso en falso, un ligero despiste, un dato que no se ha tomado en cuenta, un gesto involuntario dará al traste con todo el esfuerzo invertido. El mentiroso quedará desacreditado por siempre, ya que somos muy dados a recordar lo que ha puesto en peligro la supervivencia.

Una mentira suele traer otra, engarzada detrás, como un tren interminable. Vagón de mentira, tras vagón de mentira, en sucesión permanente, enganchados uno al otro, a veces de tal manera que el mentiroso llega a olvidar cuan largo es su tren. Incluso, lo más triste, es que llegue a pensar que ese tren es tan real, como los que interrumpen el paso del tráfico de carros y peatones en algunas calles y carreteras. No basta con una sola, si la primer mentira dio resultado se optará por muchas más, sin tomar en cuenta las consecuencias. Después vienen las justificaciones.

El único problema es que a diferencia del tejido en donde el entramado es también complicado cuando quien teje lleva ya avanzado un buen tramo. Quien miente, por más que tire del hilo tratando de volver la trama a su estado original, buscando afanosamente reorganizar la bola de hilo para comenzar de nuevo un tejido limpio. No pueda hacer más, que seguir enredando el hilo.

Con alma de niño



Existe al final del paseo Eduardo Chillida, en la ciudad de San Sebastián, al norte de España. Un curioso diseño arquitectónico que permite la entrada del agua que revienta contra lo orilla. Se encuentra configurado de tal manera que si el agua logra la fuerza suficiente se convierte, al pasar por los agujeros apostados en el suelo, en géiseres artificiales.

No siempre ocurre así, cuando el mar esta calmado y el agua entra con poca fuerza, origina un fenómeno que suele fascinar a los niños y pronto descubrí que también a los mayores que concurren con el alma de niño y poco sentido del ridículo: el mar produce un sordo sonido de dragón, y genera una corriente de viento capaz de poner los pelos de punta a quien se atreve a meter la cara por alguno de los agujeros.

Resulta interesante observar a los mayores que habiendo reestimulado su propia infancia, al prestar atención a las risas y el asombro trivial, cómo se acercan a los agujeros con timidez y aparente poco entusiasmo. Se colocan imitando a los niños con la cara dentro del agujero y olvidando por un momento lo que su vida supone entre juegos de adultos y compromisos inagotables, se dejan llevar por el encanto del momento. Resulta maravilloso ser testigo de cómo su cara se transforma tan pronto reciben el sonido sordo y el repentino golpe de aire. Es verdad que no hubo ningún adulto que participara mientras los niños alegres y asombrados se apostaron haciéndose con todos los agujeros disponibles. Las risas pueriles, la cara de sorpresa, el pelo mojado por la brisa que logra colarse, y la paciente espera hasta que la nueva ola rompa. Lo mismo en adultos que en niños, después de la ola no había en ellos ninguna diferencia.

Es una delicia mirar los juegos infantiles, evidente invitación a redescubrir un mundo que no se agota, cómo logran transmutar una placida mañana en el retorno a la niñez, época sin prisas, sin mas obligación que ser feliz disfrutando del momento breve, del encuentro con lo nuevo.

Seguir descubriendo el mundo con alma de niño, equivale a un gozoso viaje lleno de prisa pero sin pausa, y así como niño, constatar que cada minuto es importante y que todos los huecos son interesantes, que vale la pena detener el paso para observar el insecto que afanoso traslada alimento a su nido. Que todas las pelotas que se acercan al pie se convierten en una oportunidad de probar destreza. Que los helados aun siendo del mismo sabor no saben igual y que son más ricos que la verdura. Que las cajas de cartón son un refugio excelente y si son pequeñas se convierten en habilidosos cascos de astronauta. Que los compañeros de juegos son grandes amigos a los cinco minutos y los grandes amigos siempre están ahí para seguir siendo cómplices incondicionales. Que la aventura termina cuando llega la hora del baño y aún este mismo puede seguir siendo una aventura.

Dejamos de ser niños, no cuando nos convertimos en adultos, sino cuando nos olvidamos de seguir descubriendo, cuando dejamos de asombrarnos, cuando damos todo por hecho, cuando el mundo se convierte en predecible y nuestro comportamiento deja de ser espontáneo. Cuando estudiamos y nos aprendemos formas y maneras, pero nos olvidamos de cómo fuimos en la época en que el paso de la hormiga tenía más importancia que todo lo demás y sólo habríamos de abandonarlo para contemplar el cielo, buscando formas a las nubes.