Recuerdo cuando estudiante, como me complicaba la petición expresa del profesor que me solicitaba que planteara objetivos específicos. La palabra específico me molestaba al grado de negarme a especificar nada. Me parecía que mientras mas ambiguo el objetivo menos problemas habría de acarrearme, pues a mi juicio, era insensato establecer un compromiso rígido al ser tan explicito. Era mejor ser ambiguo, y de tan ambigua, flexible..
La vida, como ocurre siempre, ha terminado por mostrarme la conveniencia de cambiar muchas de mis convicciones juveniles.
Muchas veces, casi siempre, vamos por la vida sin ser específicos en nada, sin planes ni objetivos especialmente diseñados para el logro que buscamos. Nos dejamos ir detrás de objetivos inciertos, espejismos la mas de las veces. Dejándonos deslumbrar por todo sin fijar la vista en nada en particular, sin mirar la meta, porque al iniciar el viaje se nos olvido trazar rumbo.
A veces es bonito marchar así, sin dirección ni propósito, pero eso vale de vez en cuando, como el viajero que llega a la ciudad desconocida y en una arriesgada determinación se aventura a lo que no ha visto y termina por sorprenderle. Vivir la vida de esta manera implica dejar de tener el control sobre nosotros mismos y nuestro destino, dejando en manos de todo y todos, nuestro propio proceder. Vivir así, es negar el derecho a decidir si queremos llegar o detenernos, cambiar de rumbo o disfrutar el sendero.
Plantear objetivos específicos es puntualizar, no cada paso, pero si establecer prioridades. Es saber a que se da más peso y que ha de ser considerado como circunstancia o eventualidad. Qué, sobre todo, vale para atesorar con el corazón. Es saber cuando el camino ha tocado meta, y en que momento ha de replantearse el nuevo propósito. Y esto se plantea cuando se ha llegado a término, o cuando nos damos cuenta de lo infructuoso de la empresa acometida. Dos razones válidas por igual, no se puede hablar de fracaso cuando se vislumbra la esterilidad del terreno de siembra, aun cuando ya se hayan sembrado las semillas.
Dicen que una meta bien establecida ya es lograda la mitad.
Ir marcando objetivos y cumplirlos se convierte en el faro que indica el camino conveniente, que ofrece la seguridad de que quien lo recorre no solo sabe por donde va, y con ello se evita rodeos y gastos innecesarios, sino que al conocer destino sabrá con absoluta certeza, cuando al andariego, por fin, le ha tocado llegar.
jueves, agosto 13
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