La nostalgia es algo que se me antoja irremediable ya desde la misma palabra.
No tiene remedio, pues es inevitable, no es posible evadirla, o ignorarla, termina apareciendo como reclamando su derecho a interrumpir la vida solo por el hecho de ser portadora de recuerdos y sentimientos de antaño. Como si sintiéndose dueña y señora de nuestro pasado, acudiera presta y rezongona a mostrarnos al hijo cuya paternidad nos hemos negado a reconocer.
Casi siempre la nostalgia duele. No pasa de largo, como debiera de ser en una señorita bien educada. Se va metiendo por todos los poros de la piel y aguza con punzadas de dolor continuo sin hacer más daño que el propio sufrimiento que produce el buscar sin encontrar ese pasado que dejo de ser, por dar paso al presente.
Por buscar irremediablemente el rostro querido, la textura amada de la piel, el olor olvidado en aquellos seres que ya no están, que se perdieron en la distancia o que al amparo de la sombra del tiempo y las ocupaciones cotidianas, dejaron de estar presentes.
La nostalgia es el alma del pasado que nos envuelve con su bruma apenas perceptible, no es dolor tan agudo que haga daño permanente, pero si es dolor continuo que muchas veces se transforma en crónico llegando a impedir que quien la vive en carne propia se sienta incapaz de ver más allá que su propio sufrir nostálgico. Como si la representación del propio dolor fuera suficiente para llenar una vida de continuo vacía sin el pasado. La paradoja se encuentra en que la nostalgia que duele se remonta a tiempos y situaciones cargados de emoción y alegría, de tiempos mejores. La alegría de antaño madura en dolor de presente.
Pero hay nostalgias alegres, risueñas, nostalgias niñas de proceder ingenuo y distraído que vuelven a nuestra vida trayendo juegos y ronroneos infantiles o juveniles, fieles retratos de épocas desentendidas y felices. Nostalgias que entran por retazos al quehacer cotidiano. Y muy de tarde en tarde se dedican de una manera desprendida sin más intención que colmar los días de abandono radiante. La clave es dejar escuchar su risa que se desprende a sorbitos de sonido y gozo burbujeante, como copa de champan en medio de la bulliciosa fiesta. La clave es deleitarse en el recuerdo profundo y recién llegado, vivirlo intensamente como suspiro enamorado y dejarlo partir. Sin intentar siquiera el lazo que ata para el disfrute segundo, porque el dolor del encadenamiento mata el gozo de la nostalgia.
No es menester huir de la nostalgia, pues nos encontraríamos en el huida elaborada e ineficaz, pues de la nostalgia no se huye sin evasión ni ignorancia, y aun con ellas, de la nostalgia no se huye; pues viaja con nosotros como el pasajero inevitable en el tren de cada vida. Y aparece de siempre, siendo amiga de hablar elocuente y calladito.
Es mejor la amistad con el tiempo pasado, la extracción oportuna de la lección que alivia la nostalgia, el discernimiento del tiempo ya ido, la reconciliación que lo que fue y dio paso a lo que está llegando.
Es mejor vivir con la conciencia de que la nostalgia nos devuelve el vivir ya vivido, y nos remite de nuevo a lo que fue como si fuera posible volver a él. Es mejor saber que el presente se ha de convertir irremediablemente como siempre ha sido, en el futuro tiempo de dolor nostálgico. Antes de anclarnos en lo que fue, es mejor que vivamos en lo que vamos siendo.
martes, agosto 18
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