viernes, agosto 14

De vacaciones en los recuerdos

Me gustaría que la humanidad inventara una máquina del tiempo.

Se que es imposible, pues como alguna vez se ha dicho, de haberse inventado en el futuro, ya habría visitantes de esa época compartiendo entre nosotros. Supongo que al ritmo en que vamos acabando con ríos, mares y ecosistemas los futuros pobladores de esta malograda tierra habrían venido a decirnos que no les sigamos amolando la futura existencia.

Pero aún así me gustaría que la inventaran. Lo más probable es que la utilizaría para las vacaciones.

Como las buenas películas, o las canciones favoritas, con la maquina de desplazo en el tiempo, habríamos de volver al lugar elegido con la certeza de que es bueno y que las condiciones son inmejorables. A la luz de tanto tiempo elegido, lo más seguro que las aglomeraciones de turistas deseosos de disfrutar unos breves días de descanso en el mismo lugar, irían a menos. Pues además contaríamos con las variables de los muchos años por elegir. Eso sin mencionar de que al saber con antelación las situaciones que habrían de presentarse al turista de desplazo temporal, evitaría lluvias torrenciales, terremotos, o situaciones que por incomodas o peligrosas aguaran la fiesta vacacional.

Me encantaría encontrarme con viejos amigos, con parientes ya fallecidos, invitados de nueva cuenta como en los sueños, a compartir un rato de vivencia nueva por lo que concierne al momento en que se desea, pero rememorada por el momento en que se lleva a cabo.

Se que mi deseo de la maquina del tiempo adolece de bastantes incoherencias que habría que subsanar, ¿Cómo aparecer en vacaciones de la infancia con cuerpo de feliz señora? Y en el supuesto de llevar a mi familia a compartir recuerdo ¿Dónde he de colocar aquellos que no han de aparecer sino mucho tiempo después? ¿Cómo explico a mi padre de adolescencia que me presente con marido e hijos? Me imagino el disgusto y la incongruencia, mi padre seguro habría de vivir con susto permanente las consecuencias de la visita anticipada de la imprevisible generación posterior. Como si se le presentaran los fantasmas o extraterrestres.

Llego a la conclusión de que si bien no existen máquinas del tiempo que nos trasladen a sitios añorados e imposibles por lejanos en la cronología temporal, nacimos con el recurso del recuerdo, de la evocación inmediata, del vivir de nuevo en espontáneos deja vu’s que nos trasladan de inmediato a familiares situaciones inesperadas. Y más que Acapulco en la azotea, nos queda el recurso del Acapulco inmediato, aun en la fila del banco. Vacaciones de la abstracción, del recuerdo infantil y juvenil, de la reunión inmediata con la gente querida, lejana o ya desaparecida.

Este año de crisis, pienso en trasladar mi maquina del tiempo a la hamaca de casa. Cerrar los ojos y evocar. Trasladarme en recuerdo, aderezado con imaginación, a las vacaciones de siempre, con los amigos de toda la vida. Recrearme con escenas de infancia, permitiendo que en el esfuerzo de evocación vayan surgiendo escenas que ya olvidadas se animen a mostrarse de nuevo.

No es mala idea lo de la maquina del tiempo de fabricación casera. Lo malo es que corre el riesgo de que llegue el cartero cargado de facturas y de al traste con la diversión.

A veces las primeras

Las primeras veces suelen ser muy especiales. Regadas de ese pensamiento que nos inventamos con retazos de acontecimientos pasados, nos enfrentamos a lo que está llegando cargados de ansiedad y esperanza. Buena combinación si se toma en cuenta, que si dejamos la esperanza sin ansiedad, nos estaremos evitando vivir el metafóricamente emocionante revoloteo irreverente de las mariposas que aparecen en el estomago.
Cada día puede ser una primera vez.
Y nos acostumbramos tanto a vivir una y otra vez las primeras veces, que llegan a pasar desapercibidas, a menos que logren ser grandes de tan evidentes y se encuentren cargadas de ansiedad de tan grandes y comprometedoras.
Hay primeras veces que aparecen en nuestra vida de una manera calladita y tímida, no ofrecen vez ni paso a la oportunidad de abrir los ojos y encontrarnos con ella de manera contundente. Como la primera vez del nuevo amigo, en que le miramos su sonrisa sincera ofreciendo de un solo destello, así como anuncio de pasta dental, toda su verdad. Recibimos su mirar sincero y apretamos la mano cálida, pero no somos conscientes de la trascendencia de esa vez primera hasta que pasado un tiempo, durante el instante del recuento y la reflexión caemos gozosos en la certeza de habernos encontrado en aquel momento con quien ya se convirtió compañero importante del camino de la vida.
Hay primeras veces amargas y dolorosas, que quedan grabadas en el alma como hierro ardiente que deja su marca permanente. Veces que obligan al cambio y a la renuncia. Primeras veces que se originan en la pérdida, en el comienzo de la ausencia continua. No hay mariposas, pues el dolor del corazón es tan grande que todo lo demás permanece, en señal de duelo, respetuosamente sumido en su propia mudez.
Hay primeras veces sencillitas y de tan sencillas cotidianas, pero en el andar constante de este primer riego de veces continuas, vamos creciendo y floreciendo sin apenas notar que, de veces primeras, hemos sido. Veces como la primera que abrimos la mano para encontrar la mano de nuestra madre, veces que movimos las piernas en un prematuro avance a los primeros pasos, veces que balbuceamos sonidos parecidos a los de nuestros padres y aprendimos a articular palabras que nos llevaron a salir de nosotros y mostrar nuestro mundo interior a los demás.
Primeras veces que quedan grabadas a fuego y veces que se firman en arena. Veces del primer beso, del contacto tierno con otro cuerpo. Veces en las que olemos el aroma del agua que impregnada del olor de las plantas de la campiña se convierten en la sublime obsesión por el reencuentro con el tiempo y personajes de antaño.
Primeras veces de alegría, primeras veces de asombro, primeras de dolor.
Nunca dejamos de vivir una primera vez, el desafío es aprender a darnos cuenta.