viernes, agosto 14

A veces las primeras

Las primeras veces suelen ser muy especiales. Regadas de ese pensamiento que nos inventamos con retazos de acontecimientos pasados, nos enfrentamos a lo que está llegando cargados de ansiedad y esperanza. Buena combinación si se toma en cuenta, que si dejamos la esperanza sin ansiedad, nos estaremos evitando vivir el metafóricamente emocionante revoloteo irreverente de las mariposas que aparecen en el estomago.
Cada día puede ser una primera vez.
Y nos acostumbramos tanto a vivir una y otra vez las primeras veces, que llegan a pasar desapercibidas, a menos que logren ser grandes de tan evidentes y se encuentren cargadas de ansiedad de tan grandes y comprometedoras.
Hay primeras veces que aparecen en nuestra vida de una manera calladita y tímida, no ofrecen vez ni paso a la oportunidad de abrir los ojos y encontrarnos con ella de manera contundente. Como la primera vez del nuevo amigo, en que le miramos su sonrisa sincera ofreciendo de un solo destello, así como anuncio de pasta dental, toda su verdad. Recibimos su mirar sincero y apretamos la mano cálida, pero no somos conscientes de la trascendencia de esa vez primera hasta que pasado un tiempo, durante el instante del recuento y la reflexión caemos gozosos en la certeza de habernos encontrado en aquel momento con quien ya se convirtió compañero importante del camino de la vida.
Hay primeras veces amargas y dolorosas, que quedan grabadas en el alma como hierro ardiente que deja su marca permanente. Veces que obligan al cambio y a la renuncia. Primeras veces que se originan en la pérdida, en el comienzo de la ausencia continua. No hay mariposas, pues el dolor del corazón es tan grande que todo lo demás permanece, en señal de duelo, respetuosamente sumido en su propia mudez.
Hay primeras veces sencillitas y de tan sencillas cotidianas, pero en el andar constante de este primer riego de veces continuas, vamos creciendo y floreciendo sin apenas notar que, de veces primeras, hemos sido. Veces como la primera que abrimos la mano para encontrar la mano de nuestra madre, veces que movimos las piernas en un prematuro avance a los primeros pasos, veces que balbuceamos sonidos parecidos a los de nuestros padres y aprendimos a articular palabras que nos llevaron a salir de nosotros y mostrar nuestro mundo interior a los demás.
Primeras veces que quedan grabadas a fuego y veces que se firman en arena. Veces del primer beso, del contacto tierno con otro cuerpo. Veces en las que olemos el aroma del agua que impregnada del olor de las plantas de la campiña se convierten en la sublime obsesión por el reencuentro con el tiempo y personajes de antaño.
Primeras veces de alegría, primeras veces de asombro, primeras de dolor.
Nunca dejamos de vivir una primera vez, el desafío es aprender a darnos cuenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar aqui tu opinión, comentario o duda.