Lo bonito de la vida son los obligados cambios de rumbo. Sé que al hacer esta declaración sin anestesia y sin un agua va que prevenga, desconcertara al más optimista de los lectores. Pues muchos cambios de rumbo se ciernen en situaciones accidentadas, y muchas veces dolorosas. Y sin embargo sigo sosteniendo que lo bonito de estar vivo tiene que ver con los cambios de rumbo a los que la vida nos exige sin contemplación alguna, y sin aviso previo.
Y es que al cambiar de rumbo el viajante se ha de volver a hacer a la nueva situación, nuevas fuerzas y motivos, desconocidos con anterioridad, aparecen para ajustarse a la nueva marcha. Surgen pautas y personas, tal vez nuevos paisajes, pero lo más importante es la fortaleza de espíritu que se va desplegando ante la mirada incrédula de propios y extraños, sobre todo ante quien se ve inmerso en la vorágine del nuevo supuesto.
Vivir es cambiar de rumbo, es ir cambiando de paisaje, de recorrido, es inesperadamente elegir ante una bifurcación surgida de la nada, pero precisa en su condición de elegir. Es abandonar el camino conocido y seguro porque nos hemos dado cuenta que no lleva a la meta que el corazón persigue. Es incluso hacer oídos sordos al corazón y dejarse llevar por el razonamiento lógico y coherente del discernimiento. Cada quien va eligiendo camino y los motivos que son suficientes para cada uno suelen ser incomprensibles para los demás. No es posible vivir andando por un único camino con una meta desde antaño elegida y segura, pues el devenir vital obliga a quien en él se encuentra, a andar y desandar, a retomar camino, a elegir entre cómodas autopistas y abandonarlas por caminos secundarios, para encontrar de vez en cuando solitarios pasajes de tierra y piedras, áridos paisajes que prometieran en su desolación una mentira que no se cumple en la mayoría de las ocasiones. Muchas veces después de su recorrido, se vuelve a enlazar con la autopista.
Cambiar de rumbo es el evento obligado de quien vive, de quien ama, de quien se aferra pues aferrarse es exponerse a quedarse sin nada, como quien busca atrapar entre los dedos la mayor cantidad de granos de arena. No es posible dejar de andar, ni dejar de cambiar, ni dejar de dejar.
Y si cambiar de rumbo es inevitable, y si forma parte del devenir de cada quien, no puede haber sino una buena noticia a la vuelta de cada cambio, resulta como el vaso de agua medio lleno, habrá quien lo mire como una catástrofe, yo prefiero mirarlo como una oportunidad. Un nuevo periodo de renovación y comunión con lo inevitable, un reencuentro con mis posibilidades, una nueva encrucijada que me permita saberme capaz de salir adelante, con nuevos retos por superar, incluso el reto de salir adelante sin nada ni nadie. La superación del espíritu, la lucha del no poder con el saberse capaz, seguir midiendo posibilidades, y sobre todo, me entraña el seguir dejando que la vida me sorprenda, que continúe gozándola con esa mirada de asombro y la sonrisa desdentada y manchada de chocolate que tuve de niña. No todo lo malo es tan malo, ni todo lo bueno resulta mal. Yo prefiero pensar que al final del camino, en la recapitulación concluyente, sólo pueda exclamar con sincero asombro ¡¡¡Vaya viaje!!
miércoles, agosto 19
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