martes, septiembre 1

Cita

Decia Santa Teresa de Jesús: "Tristeza y melancolía no la quiero en casa mía"

Quehaceres cotidianos

Hace poco, uno de mis querido lectores me comento que iba conociendo de mi vida a través de lo que escribo. Es verdad. No hay nada más que impacte mi alma enamorada, y aniñada, que los pequeños acontecimientos cotidianos que van colocando pinceladas de color a mi acuarela diaria.

No hace falta salir muy lejos para que nos podamos dar cuenta que la vida constantemente esta regalando muestras gratuitas, como los supermercados en domingo, para que nos animemos a disfrutarla en plenitud. Las minúsculas flores que tímidas asoman su breve belleza a los lados de la banqueta, son atrevidos guiños de la naturaleza que nos espera nada más salir de la ciudad. El cielo con sus nubes de forma caprichosa. Los campos plagados de flores, de cultivo reciente y promisorio. El trigo joven que se mece como agua de mar al arrullo del viento.

Es hermoso ver la sonrisa desdentada del niño travieso, que llega sudando a plantarle a la madre un beso con sabor a chocolate. O la pareja de ancianos que siguen recorriendo camino, balanceando el ritmo al andar, en sintonía profunda, mano con mano, dejando que el paso de uno marque el andar del otro. Es hermoso mirar la fuente mientras salpica con la complicidad del viento, a los pájaros que buscan en ella baño y bebida, o a los viandantes niños que son los que más se sorprenden y disfrutan pues no cuentan con el remordimiento de la ropa mojada, o el peinado estropeado.

La vida no deja de seguir sorprendiendo, somos nosotros quienes no permitimos que la sorpresa se presente como alegría inoportuna. A veces olvidamos que nos está permitido conservar el asombro infantil en nuestra alma de adulto.

Es afortunado quien sabe lo que encuentra, quien disfruta aun lo pequeño por pequeño. Quien se atreve a detener la marcha y mirar con asombro la fila de hormigas que afanosas transportan las hojas aun verdes, los insectos muertos, sin inmutarse ante obstáculos o carga, por pesada que sea. Es afortunado quien apaga el radio y escucha el trino del pájaro solitario que llama a su pareja o advierte que su territorio esta ocupado. Quien se da tiempo para sentir el sol en la cara y espalda, para mojar los pies en la lluvia reciente, para tocar la hierba, nada relaja más que el reconfortante masaje que ofrece el caminar por el pasto con los pies descalzos.

Son pequeños lujos gratuitos, que siempre están ahí. Que se disfrutan si se saben disfrutar. Que ofrecen consuelo en días tristes, acompañan en el gozo, intensificando el placer de ser feliz.

Se que de asistir al baile, he de elegir si bailo o miro bailar. He elegido bailar siempre, aunque me duelan los pies, más de una vez he arrinconado bajo una mesa los lujosos zapatos de baile, por dolorosos e incómodos, y me he lanzado a la pista sin más protección que la media que cubre mi pie.

La vida pasa deprisa, y me doy cuenta que no forma parte de su naturaleza la de esperar.