viernes, octubre 15

¿Y donde están los viejitos?

No hace mucho, mis padres asistieron a una boda. Sentados con los amigos de su generación se dedicaban a observar y hacer comentarios entre ellos acerca de los demás asistentes al evento. De pronto una de las amigas comenta, ¿Se han dado cuenta que ya no van viejitos a las bodas? Lo que no se habían dado cuenta era que ahora ellos eran los viejitos.
No nos damos cuenta del paso del tiempo hasta que llega alguien más joven y nos lo recuerda. A partir de alguna edad, no se con certeza cuando comienza, dejamos de tener los años conscientes en el cuerpo para convertirnos tan solo en la manifestación de nuestra propia vida. Y se nos pasa por alto si estamos jóvenes o viejos, somos tan solo el nombre y la identidad que nos caracteriza, y gozamos como adolescentes con aquello que nos hacía gozar. Y si tenemos la suerte de conservar el alma de niño nos olvidamos de formas y protocolos y de repente nos volvemos incluso traviesos.
¿Cuándo comenzamos a ser viejos? No lo somos con respecto a nosotros mismos, pues a fuerza de mirarnos el espejo cada día, hemos ido conformando el cambio sutil sin apenas notarlo, y al vernos adivinamos, entre las arrugas prematuras o no, los rasgos del que fuera nuestro rostro joven.
El haber vivido con plenitud y gozo cada etapa de nuestra vida nos permitirá llegar a la última de ellas sin apenas darnos cuenta qué tan largo ha sido el camino recorrido. Sin embargo, ocurre que muchas veces, la persona ha buscado la fuente de la eterna juventud en un abierto rechazo a las consecuencias del paso del tiempo.
Y siente el miedo de envejecer cuando envejecer en realidad es llegar a destino. Es recoger maletas y recuerdos y aventurarse al maravilloso periodo de recapitular sobre el viaje. No es perder, sino hacer recuento de lo ganado.
Y de repente se encuentra comenzado a envejecer con el alma, tratando de mantener al cuerpo joven. Tratando de ganarle a la vida en medio de un esfuerzo inútil. Resulta tan cansado y tedioso que la lucha implacable contra el paso del tiempo termina por devolver del espejo una cara sin rasgos afines a los rasgos de la infancia y juventud, termina por devolver unos ojos fatigosos, apagados y llenos de temor y hastío. Termina por recibir con susto la certeza de que los viajes no pueden ser prolongados más allá de destino.
¿Dónde están los viejitos? Los abuelos cariñosos que sentados en la banca del parque, tomando el sol como los pajaritos, se dedican a compartir hazañas con los compañeros de generación. ¿Dónde están esos viejos? que como adolescentes se reúnen en grupo a dejar pasar el tiempo por el gusto de mirar cómo pasa, de estirar las piernas en la banca y compartir, ya no fantasías, como en sus años mozos, sino recuerdos tapizados de musgo fresco, llenos de vaho de nostalgia.
Ahora los viejitos están escondidos en casas de descanso, en asilos de ancianos, visitados una vez por semana, o abandonados para siempre. Los de afuera están estirados de cuerpo pero arrugados de alma. Con implantes y viagra, buscando la juventud perdida porque en la sociedad donde vivimos, resulta que es indecente llegar a viejo y que se note.