miércoles, mayo 27

Abrazo de oso

Están de moda los abrazos, algunos especialistas han declarado que es necesaria una interesante cantidad de abrazos cada día para alcanzar el nirvana, o sea, la felicidad, pero aquí en la tierra; sin flotar en el espacio etéreo al que se accede después de que la disciplina de la meditación lo proporciona como justa recompensa.
Abrazar es bueno, de eso ya no cabe duda, es importante y nos genera importancia, una persona bien abrazada no solo ofrece una sensación de aprecio por sí misma, sino que quien es destinatario del generoso abrazo se da cuenta que concierne a alguien más. Y sin embargo hay mucha gente que hace mucho tiempo que no recibe el contacto con otro ser humano. Lo más triste es que muchos niños, para quien el contacto es fundamental, viven los días sin recibir el cariñoso acercamiento reparador. Y es que durante la infancia, ser abrazados no es cuestión de recibir cariño. Durante el contacto físico, cariñoso y amable que proporciona el padre al hijo, o alguna figura significativa, nuevos elementos bioquímicos se van produciendo, lo que genera caminos neuronales que preparan al infante en sus relaciones futuras. Un niño que no recibe contacto no podrá aprender a ponerse en lugar del otro, a sentir cariño, o emocionarse ante los sentimientos ajenos. Así de importante es.
Los niños no necesitan más juguetes, ni más estímulos intelectuales, no necesitan sentir que la vida se encuentra organizada para ellos y que no sufrirán como ha sufrido su padre. Dar de todo a un infante supone entregar lo mejor de sí mismo como persona, ser ejemplo coherente. Y preparar para la vida supone más que los mejores colegios permitir que en él se generen herramientas que le permitan convertirse en un ser humano de calidad, no de cantidad. Dar todo al hijo significa estar ahí, ofreciendo más tiempo y menos dinero. Mas abrazos y menos regalos materiales, los caprichos solo son, al fin de cuentas burdos intentos de llenar huecos emocionales.
Dar abrazos, supone abandono y confianza. Las barreras y los limites se confunden entre aquellos que comparten el abrazo, se entrega y se recibe dando calidez y cercanía, es decir cariño, aceptación, y confianza con el cuerpo, cuando las palabras son insuficientes. Dar abrazo es entrega mutua, y así de mutuo es lo que se recibe, quien abraza otorga y al mucho dar mucho se lleva.
Abrazar conforta, y abrazar libera, nadie puede permanecer impávido al abrazo, si no surge el abandono espontaneo, no se ha producido el abrazo completo.
Para abrazar vale cualquier momento y cualquier circunstancia, se abraza para confortar, para felicitar, para despedir o para recibir al ausente. Se abraza sólo porque se ama mucho, y porque recién se descubre. Quien abraza, lo mismo ríe, que llora. Lo mismo se abraza al amigo, a la esposa, a la madre, al hijo, al compañero. Abrazar es una de las muestras de cariño más universales. Mucho más que el beso, que según la cultura se hace acopio de formas y formalidades para dar y recibirlo.
No hay malinterpretación en el abrazo sincero.
Sana costumbre la de repartir abrazos, de todo tipo: abrazos tímidos, abrazos fuertes y contundentes como los de oso, abrazos que permiten esconder la cara en el hombro que cubre del dolor, y abrazos alegres y saltarines. Todo vale en el abrazo, si mientras se da y se recibe, el corazón reconoce y escucha las palabras cariñosas que solo la cercanía con otro corazón le pueden dar.

A próposito del cine

Suelo llorar en las películas. Las escenas dramáticas, los finales felices, en donde el protagonista ha sufrido lo indecible, luchando para conseguir aquello que permaneció como objetivo oculto y colofón de la trama, suelen causar en mi un efecto de emoción incontenible. Es verdad que también gozo las películas en donde las ocurrencias del momento, ya se trate de humor sencillo o más elaborado, invitan a la risa fácil y reparadora. Pero llorar en escenas cargadas de drama y exaltación se ha convertido en mi pasión principal.

Esto no es nada nuevo, ya de niña solía hacerme con la protagonista principal y cargar en ella mi propio espíritu, lograr en simbiosis juvenil, que su energía impregnara mis sueños y mi andar, pues al final salía del cine recreando en mi carne sus gestos, voz y caminar. Hacía mías sus desventuras, amores y pensamientos. Tomando en cuenta que la adolescencia es la época en que aflora el gusto por encontrar sentido a la vida y propia identidad. No es de extrañar que tanto yo, como todos, a esa edad hemos de ir probando diferentes trajes que aun siendo prestados, nos presentan una idea vaga de si nos ha de llegar a calzar o no.

Los personajes de cine, sus situaciones, el ambiente de la película, suelen convertirse en motores que impulsan al viaje del sueño despierto. En un mundo seguro y arropado hemos de convertirnos en testigos de realidades que alguna vez soñaron y plasmaron otros, para incluirnos en su sueño. No haré mención de intereses más mundanos, prosaicos y menos románticos por no hacer acopio de apologías inoportunas. Como todo en la vida, el mundo del cine tiene varias perspectivas y como en todo también somos libres de elegir nuestra propia visión del mismo.

Si me esta permitido elegir, prefiero pensar en aquello que llena de luz y misterio a la película.

No me gustan en cambio las películas de miedo, cada quien sus gustos, sufro lo indecible cuando el protagonista ha de pasar un susto o accidente probable. Cuando la muerte lo acecha. Lo mismo me sucede con las corridas de toros, sufro por el toro y también por el torero, pensar que aun bajo su cuenta y riesgo pueda sufrir en cualquier momento, me mantiene en tensión constante, como si mi preocupación pudiera librarle de la contrariedad.

Es verdad que somos responsables de nuestra salud emocional. Lo que vemos, oímos y sufrimos atraviesa cada capa de nuestro ser, afectando no sólo el estado de animo, sino la salud en general. Una sesión de cine cargada de risas tiene la ventaja de apoyar al enfermo en su recuperación pues eleva la eficiencia del sistema inmunológico. En cambio dos horas de sufrimiento intenso lo vive nuestro cuerpo como real ¿en donde esta la diferencia? Aún encerrados en una sala de cine. La adrenalina se dispara de igual manera. Lo mismo que la serotonina en situación contraria.

Si tomamos vitaminas cada día, cuidando la piel de los efectos del envejecimiento con cremas y alimentos saludables, protegiéndonos del sol y del medio ambiente agresivo. Tal vez sea buena idea incorporar en la rutina semanal una buena sesión de películas encaminadas a alimentar el espíritu, de esas que exaltan valores ya en desuso, que potencian el brío del ser humano, evitando aquello que lo denigra, pues al igual que las malas cremas, solo nos van a sacar arrugas.