Suelo llorar en las películas. Las escenas dramáticas, los finales felices, en donde el protagonista ha sufrido lo indecible, luchando para conseguir aquello que permaneció como objetivo oculto y colofón de la trama, suelen causar en mi un efecto de emoción incontenible. Es verdad que también gozo las películas en donde las ocurrencias del momento, ya se trate de humor sencillo o más elaborado, invitan a la risa fácil y reparadora. Pero llorar en escenas cargadas de drama y exaltación se ha convertido en mi pasión principal.
Esto no es nada nuevo, ya de niña solía hacerme con la protagonista principal y cargar en ella mi propio espíritu, lograr en simbiosis juvenil, que su energía impregnara mis sueños y mi andar, pues al final salía del cine recreando en mi carne sus gestos, voz y caminar. Hacía mías sus desventuras, amores y pensamientos. Tomando en cuenta que la adolescencia es la época en que aflora el gusto por encontrar sentido a la vida y propia identidad. No es de extrañar que tanto yo, como todos, a esa edad hemos de ir probando diferentes trajes que aun siendo prestados, nos presentan una idea vaga de si nos ha de llegar a calzar o no.
Los personajes de cine, sus situaciones, el ambiente de la película, suelen convertirse en motores que impulsan al viaje del sueño despierto. En un mundo seguro y arropado hemos de convertirnos en testigos de realidades que alguna vez soñaron y plasmaron otros, para incluirnos en su sueño. No haré mención de intereses más mundanos, prosaicos y menos románticos por no hacer acopio de apologías inoportunas. Como todo en la vida, el mundo del cine tiene varias perspectivas y como en todo también somos libres de elegir nuestra propia visión del mismo.
Si me esta permitido elegir, prefiero pensar en aquello que llena de luz y misterio a la película.
No me gustan en cambio las películas de miedo, cada quien sus gustos, sufro lo indecible cuando el protagonista ha de pasar un susto o accidente probable. Cuando la muerte lo acecha. Lo mismo me sucede con las corridas de toros, sufro por el toro y también por el torero, pensar que aun bajo su cuenta y riesgo pueda sufrir en cualquier momento, me mantiene en tensión constante, como si mi preocupación pudiera librarle de la contrariedad.
Es verdad que somos responsables de nuestra salud emocional. Lo que vemos, oímos y sufrimos atraviesa cada capa de nuestro ser, afectando no sólo el estado de animo, sino la salud en general. Una sesión de cine cargada de risas tiene la ventaja de apoyar al enfermo en su recuperación pues eleva la eficiencia del sistema inmunológico. En cambio dos horas de sufrimiento intenso lo vive nuestro cuerpo como real ¿en donde esta la diferencia? Aún encerrados en una sala de cine. La adrenalina se dispara de igual manera. Lo mismo que la serotonina en situación contraria.
Si tomamos vitaminas cada día, cuidando la piel de los efectos del envejecimiento con cremas y alimentos saludables, protegiéndonos del sol y del medio ambiente agresivo. Tal vez sea buena idea incorporar en la rutina semanal una buena sesión de películas encaminadas a alimentar el espíritu, de esas que exaltan valores ya en desuso, que potencian el brío del ser humano, evitando aquello que lo denigra, pues al igual que las malas cremas, solo nos van a sacar arrugas.
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