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domingo, agosto 23

Decir Adios

El adiós es necesario para las bienvenidas. Y sin embargo, si de algo he huido en este mundo, ha sido de las constantes despedidas a las que me he tenido que enfrentar. No me gusta despedirme, no me gusta decir a la gente que no he de volver a ver en mucho tiempo que me estoy despidiendo. Prefiero dejar abierta la puerta de la ilusión pensando que al día siguiente se producirá de nuevo el encuentro cotidiano.
Pero el adiós es inevitable, hemos comenzado a despedirnos desde el mismo momento en que abandonamos el cálido refugio que nos conforto durante nueve meses. Decimos adiós a nuestra madre cuando la vemos partir a lo lejos y nosotros nos quedamos encerrados en el kínder, llenos de niños también llorosos enfrentándose por primera vez de forma consciente a su despedida. Decimos adiós a los amigos cuando la hora del baño y la cena se imponen y la paciencia materna termina por desbaratar juegos y alegrías casi nocturnas. Y seguimos diciendo adiós, a los padres, a la casa de antaño, al colegio, a la mascota querida, al barrio entrañable, al amor primero, al beso que se roba por vez primera y después se entrega generoso. Decimos adiós a los hijos, al trabajo, a los amigos y a la vida.
Pero el adiós entraña el descubrimiento primero de lo que está llegando. No hay una puerta que se cierre sin que otra se abra de improviso. Y muchas veces aferrados a lo que se queda y de espaldas a lo que está por llegar no reparamos en la buena nueva. Es verdad que lo único que permanece en nuestra vida es el cambio constante. No hay más permanencia que la no permanencia. La gente entra y sale de nuestra vida como maestros puntuales que llegan y reparten su lección y desaparecen sin esperar siquiera el resultado de las notas. Nosotros mismos entramos y salimos en la vida de otros, muchas veces algunas de estas personas siguen permaneciendo a nuestro lado, en un íntimo desafío a la inevitable despedida. Y sin embargo, como diría Galileo, se mueven. La gente aun sin despedida obligada, pero sutil, sigue cambiando, evolucionando con constancia. Vida y circunstancia vienen a aflorar en un ser nuevo cada mañana, obligando a quien vive el encuentro a la bienvenida una implícita adaptación, pues ya no es el mismo, como tampoco es el mismo interlocutor. Cambios pequeños, decisiones múltiples, frustraciones, alegrías, nuevos aprendizajes, noticias buenas y malas. Cada pequeña situación va dando lugar a un reacomodo que termina por originar una mudanza en la persona.
Es injusto aquel que dolido reclama al otro que ya no es como antes, porque nadie puede ser el mismo de antes. Es necesario decir adiós incluso al compañero cotidiano, para dar la bienvenida a lo nuevo, que sigue siendo el compañero cotidiano.
Decir adiós entraña en sí, la maravillosa posibilidad del saludo pronto y fraterno. Trae consigo la promesa del encuentro futuro, entraña la añoranza, el recuerdo aderezado por la nostalgia que alimenta sueños de futuro encuentro.
Nunca me ha gustado despedirme y mirar en los ojos de la gente que tanto amo ese dejo de triste nostalgia por el desencuentro que comienza producirse, aun no me he marchado y ya me duele la partida. Aun no dejo de verlos y ya comienzo a sentir la punzada cotidiana del abrazo perdido, de las risas compartidas, y del cariño que se derrama en las tardes de tertulia. Y sin embargo, aun con esa necedad con que evito las despedidas, se que forma parte del quehacer cotidiano, se que se convierten en la sartén en donde cocino mi cada día.
Supongo que a fuerza de vivir de despedidas indeseadas, terminare por acostumbrarme, supongo también que será el día en que inevitablemente termine por morirme.

martes, agosto 18

De nostálgicos procederes

La nostalgia es algo que se me antoja irremediable ya desde la misma palabra.
No tiene remedio, pues es inevitable, no es posible evadirla, o ignorarla, termina apareciendo como reclamando su derecho a interrumpir la vida solo por el hecho de ser portadora de recuerdos y sentimientos de antaño. Como si sintiéndose dueña y señora de nuestro pasado, acudiera presta y rezongona a mostrarnos al hijo cuya paternidad nos hemos negado a reconocer.
Casi siempre la nostalgia duele. No pasa de largo, como debiera de ser en una señorita bien educada. Se va metiendo por todos los poros de la piel y aguza con punzadas de dolor continuo sin hacer más daño que el propio sufrimiento que produce el buscar sin encontrar ese pasado que dejo de ser, por dar paso al presente.
Por buscar irremediablemente el rostro querido, la textura amada de la piel, el olor olvidado en aquellos seres que ya no están, que se perdieron en la distancia o que al amparo de la sombra del tiempo y las ocupaciones cotidianas, dejaron de estar presentes.
La nostalgia es el alma del pasado que nos envuelve con su bruma apenas perceptible, no es dolor tan agudo que haga daño permanente, pero si es dolor continuo que muchas veces se transforma en crónico llegando a impedir que quien la vive en carne propia se sienta incapaz de ver más allá que su propio sufrir nostálgico. Como si la representación del propio dolor fuera suficiente para llenar una vida de continuo vacía sin el pasado. La paradoja se encuentra en que la nostalgia que duele se remonta a tiempos y situaciones cargados de emoción y alegría, de tiempos mejores. La alegría de antaño madura en dolor de presente.
Pero hay nostalgias alegres, risueñas, nostalgias niñas de proceder ingenuo y distraído que vuelven a nuestra vida trayendo juegos y ronroneos infantiles o juveniles, fieles retratos de épocas desentendidas y felices. Nostalgias que entran por retazos al quehacer cotidiano. Y muy de tarde en tarde se dedican de una manera desprendida sin más intención que colmar los días de abandono radiante. La clave es dejar escuchar su risa que se desprende a sorbitos de sonido y gozo burbujeante, como copa de champan en medio de la bulliciosa fiesta. La clave es deleitarse en el recuerdo profundo y recién llegado, vivirlo intensamente como suspiro enamorado y dejarlo partir. Sin intentar siquiera el lazo que ata para el disfrute segundo, porque el dolor del encadenamiento mata el gozo de la nostalgia.
No es menester huir de la nostalgia, pues nos encontraríamos en el huida elaborada e ineficaz, pues de la nostalgia no se huye sin evasión ni ignorancia, y aun con ellas, de la nostalgia no se huye; pues viaja con nosotros como el pasajero inevitable en el tren de cada vida. Y aparece de siempre, siendo amiga de hablar elocuente y calladito.
Es mejor la amistad con el tiempo pasado, la extracción oportuna de la lección que alivia la nostalgia, el discernimiento del tiempo ya ido, la reconciliación que lo que fue y dio paso a lo que está llegando.
Es mejor vivir con la conciencia de que la nostalgia nos devuelve el vivir ya vivido, y nos remite de nuevo a lo que fue como si fuera posible volver a él. Es mejor saber que el presente se ha de convertir irremediablemente como siempre ha sido, en el futuro tiempo de dolor nostálgico. Antes de anclarnos en lo que fue, es mejor que vivamos en lo que vamos siendo.