El adiós es necesario para las bienvenidas. Y sin embargo, si de algo he huido en este mundo, ha sido de las constantes despedidas a las que me he tenido que enfrentar. No me gusta despedirme, no me gusta decir a la gente que no he de volver a ver en mucho tiempo que me estoy despidiendo. Prefiero dejar abierta la puerta de la ilusión pensando que al día siguiente se producirá de nuevo el encuentro cotidiano.
Pero el adiós es inevitable, hemos comenzado a despedirnos desde el mismo momento en que abandonamos el cálido refugio que nos conforto durante nueve meses. Decimos adiós a nuestra madre cuando la vemos partir a lo lejos y nosotros nos quedamos encerrados en el kínder, llenos de niños también llorosos enfrentándose por primera vez de forma consciente a su despedida. Decimos adiós a los amigos cuando la hora del baño y la cena se imponen y la paciencia materna termina por desbaratar juegos y alegrías casi nocturnas. Y seguimos diciendo adiós, a los padres, a la casa de antaño, al colegio, a la mascota querida, al barrio entrañable, al amor primero, al beso que se roba por vez primera y después se entrega generoso. Decimos adiós a los hijos, al trabajo, a los amigos y a la vida.
Pero el adiós entraña el descubrimiento primero de lo que está llegando. No hay una puerta que se cierre sin que otra se abra de improviso. Y muchas veces aferrados a lo que se queda y de espaldas a lo que está por llegar no reparamos en la buena nueva. Es verdad que lo único que permanece en nuestra vida es el cambio constante. No hay más permanencia que la no permanencia. La gente entra y sale de nuestra vida como maestros puntuales que llegan y reparten su lección y desaparecen sin esperar siquiera el resultado de las notas. Nosotros mismos entramos y salimos en la vida de otros, muchas veces algunas de estas personas siguen permaneciendo a nuestro lado, en un íntimo desafío a la inevitable despedida. Y sin embargo, como diría Galileo, se mueven. La gente aun sin despedida obligada, pero sutil, sigue cambiando, evolucionando con constancia. Vida y circunstancia vienen a aflorar en un ser nuevo cada mañana, obligando a quien vive el encuentro a la bienvenida una implícita adaptación, pues ya no es el mismo, como tampoco es el mismo interlocutor. Cambios pequeños, decisiones múltiples, frustraciones, alegrías, nuevos aprendizajes, noticias buenas y malas. Cada pequeña situación va dando lugar a un reacomodo que termina por originar una mudanza en la persona.
Es injusto aquel que dolido reclama al otro que ya no es como antes, porque nadie puede ser el mismo de antes. Es necesario decir adiós incluso al compañero cotidiano, para dar la bienvenida a lo nuevo, que sigue siendo el compañero cotidiano.
Decir adiós entraña en sí, la maravillosa posibilidad del saludo pronto y fraterno. Trae consigo la promesa del encuentro futuro, entraña la añoranza, el recuerdo aderezado por la nostalgia que alimenta sueños de futuro encuentro.
Nunca me ha gustado despedirme y mirar en los ojos de la gente que tanto amo ese dejo de triste nostalgia por el desencuentro que comienza producirse, aun no me he marchado y ya me duele la partida. Aun no dejo de verlos y ya comienzo a sentir la punzada cotidiana del abrazo perdido, de las risas compartidas, y del cariño que se derrama en las tardes de tertulia. Y sin embargo, aun con esa necedad con que evito las despedidas, se que forma parte del quehacer cotidiano, se que se convierten en la sartén en donde cocino mi cada día.
Supongo que a fuerza de vivir de despedidas indeseadas, terminare por acostumbrarme, supongo también que será el día en que inevitablemente termine por morirme.
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domingo, agosto 23
jueves, agosto 20
¿A cómo la felicidad?
Tengo la sensación que desde que el ser humano se vio como humano, con posibilidad de incidir en si mismo y su destino, con emociones tal vez incomprensibles en un principio, pero no por ello menos reales y tangibles, se dedico a perseguir la felicidad. Ese estado de animo en donde la vida parece tener un sentido especial, en donde quien la vive se siente en concordia con cada uno de los seres que conviven en su entorno, y en donde pareciera que la vida es mucho más que el resultado de múltiples actividades cotidianas.
Seguimos buscándola, y cada quien a su manera se esfuerza por encontrarla allá donde le parece más comprensible se pueda encontrar, aunque a veces raye en lo inverosímil, como quien se da por buscar la llave bajo la farola, no por haberla perdido en ese lugar, sino porque ahí hay mas luz.
Es decir, buscamos la felicidad en el sitio mas fácil, menos complicado pero ciertamente el menos propicio para dar con ese sentimiento que inunda de plenitud. Es increíble la cantidad de farolas que se encienden cada día con la oferta de ser feliz. Buscarla ahí resulta sencillo, lo difícil, verdaderamente difícil, es encontrarla guardada en ese sitio.
Porque ahí no existe.
¿Cómo encontrar desde fuera un sentimiento que nace desde dentro?
Es feliz quien lo vive, quien ha logrado darse cuenta que para ser feliz no hace falta sino contar consigo mismo y su capacidad de encuentro, de asombro, de valiente energía para desechar lo convencional y hacerse con aquello que resulta sencillo y noble. Es feliz quien se descubre en si mismo y en los demás, quien comparte un guiño que le acerque al prójimo próximo. Es feliz quien advierte en el amanecer el gozo de la nueva luz que irradia de energía la promesa del nuevo día, quien se deja envolver por el trino cotidiano de los pájaros, no por escucharlos, sino por darse cuenta que avanza por la vida con los sentidos abiertos, no con las emociones adormiladas.
A pesar de lo que anuncios y comerciantes declaren, la felicidad ha seguido hasta el día de hoy sin venta. No se compra, ni se adquiere como gozo secundario del articulo de moda. Se acerca libre y sutilmente a quien esta dispuesto a percibirla advirtiendo su presencia escondida entre los momentos cumbre, como lo manifestó Maslow, momentos que a pesar de su nombre que evoca grandes escaladas, se componen de cosas tan sencillas como el beso de una madre, la sonrisa del niño ante el gozo de la primer nevada, o el tacto de la hierba olorosa bajo unos pies descalzos en un calido día de verano.
Seguimos buscándola, y cada quien a su manera se esfuerza por encontrarla allá donde le parece más comprensible se pueda encontrar, aunque a veces raye en lo inverosímil, como quien se da por buscar la llave bajo la farola, no por haberla perdido en ese lugar, sino porque ahí hay mas luz.
Es decir, buscamos la felicidad en el sitio mas fácil, menos complicado pero ciertamente el menos propicio para dar con ese sentimiento que inunda de plenitud. Es increíble la cantidad de farolas que se encienden cada día con la oferta de ser feliz. Buscarla ahí resulta sencillo, lo difícil, verdaderamente difícil, es encontrarla guardada en ese sitio.
Porque ahí no existe.
¿Cómo encontrar desde fuera un sentimiento que nace desde dentro?
Es feliz quien lo vive, quien ha logrado darse cuenta que para ser feliz no hace falta sino contar consigo mismo y su capacidad de encuentro, de asombro, de valiente energía para desechar lo convencional y hacerse con aquello que resulta sencillo y noble. Es feliz quien se descubre en si mismo y en los demás, quien comparte un guiño que le acerque al prójimo próximo. Es feliz quien advierte en el amanecer el gozo de la nueva luz que irradia de energía la promesa del nuevo día, quien se deja envolver por el trino cotidiano de los pájaros, no por escucharlos, sino por darse cuenta que avanza por la vida con los sentidos abiertos, no con las emociones adormiladas.
A pesar de lo que anuncios y comerciantes declaren, la felicidad ha seguido hasta el día de hoy sin venta. No se compra, ni se adquiere como gozo secundario del articulo de moda. Se acerca libre y sutilmente a quien esta dispuesto a percibirla advirtiendo su presencia escondida entre los momentos cumbre, como lo manifestó Maslow, momentos que a pesar de su nombre que evoca grandes escaladas, se componen de cosas tan sencillas como el beso de una madre, la sonrisa del niño ante el gozo de la primer nevada, o el tacto de la hierba olorosa bajo unos pies descalzos en un calido día de verano.
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