Las Mentiras son espantosas.
No sólo por lo que implican, que ya de por si es desagradable. Pues tiene que ver con perdida de confianza y credibilidad. Sino que al ser mentira, carece del cimiento duro y consistente que otorga la verdad y tarde o temprano termina por desmoronarse, como la casa de paja construida por el primero de los cerditos del cuento. En este caso, la verdad actúa como el soplido del lobo. Y tampoco hace falta mucho, muchas veces al primer intento, todo se derrumba.
Ni siquiera las mentiras piadosas se salvan de esta frágil cimiente. Pues el mentiroso por piedad, al ser descubierto se convierte en mentiroso sin más. Y su credibilidad disminuye de manera considerable. Yo no creo en las mentiras piadosas. Aunque hay modos y mas modos de disfrazar la verdad.
Pero mentir aunque sea por piedad es mentir.
Cualquiera que haya vivido el engaño de alguien significativo vive el tremendo dolor de la trampa. Y sin embargo cada vez nos damos con más alegría y despreocupación al arte de ocultar la verdad.
Mentimos cuando mostramos al mundo lo que no somos, y lo que no hemos sido, mentimos para justificar retrasos, abandonos, olvidos, carencias, o por no saber, por encontrar otra salida, más rápida y menos comprometida. Mentimos cuando la situación por incomoda es insostenible, buscamos no hacer daño y en el intento se libra la peor batalla, pues se compromete a uno mismo en la presunta salvación del otro.
Y aunque parezca lo contrario, mentir y conservar la mentira como verdad es mucho más arduo y complicado, que simplemente dedicarse a decir la verdad. Mentir exige el esfuerzo de recordar a cada momento los detalles exactos de lo que se ha dicho para no caer en trampas o contradicciones. Exige que el guión se ajuste fielmente a la presunción de la nueva trama y que todos los personajes estén de acuerdo en seguir al pie de la letra lo pactado, en caso de ser una mentira colectiva. Un paso en falso, un ligero despiste, un dato que no se ha tomado en cuenta, un gesto involuntario dará al traste con todo el esfuerzo invertido. El mentiroso quedará desacreditado por siempre, ya que somos muy dados a recordar lo que ha puesto en peligro la supervivencia.
Una mentira suele traer otra, engarzada detrás, como un tren interminable. Vagón de mentira, tras vagón de mentira, en sucesión permanente, enganchados uno al otro, a veces de tal manera que el mentiroso llega a olvidar cuan largo es su tren. Incluso, lo más triste, es que llegue a pensar que ese tren es tan real, como los que interrumpen el paso del tráfico de carros y peatones en algunas calles y carreteras. No basta con una sola, si la primer mentira dio resultado se optará por muchas más, sin tomar en cuenta las consecuencias. Después vienen las justificaciones.
El único problema es que a diferencia del tejido en donde el entramado es también complicado cuando quien teje lleva ya avanzado un buen tramo. Quien miente, por más que tire del hilo tratando de volver la trama a su estado original, buscando afanosamente reorganizar la bola de hilo para comenzar de nuevo un tejido limpio. No pueda hacer más, que seguir enredando el hilo.
miércoles, agosto 12
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