miércoles, agosto 12

Con alma de niño



Existe al final del paseo Eduardo Chillida, en la ciudad de San Sebastián, al norte de España. Un curioso diseño arquitectónico que permite la entrada del agua que revienta contra lo orilla. Se encuentra configurado de tal manera que si el agua logra la fuerza suficiente se convierte, al pasar por los agujeros apostados en el suelo, en géiseres artificiales.

No siempre ocurre así, cuando el mar esta calmado y el agua entra con poca fuerza, origina un fenómeno que suele fascinar a los niños y pronto descubrí que también a los mayores que concurren con el alma de niño y poco sentido del ridículo: el mar produce un sordo sonido de dragón, y genera una corriente de viento capaz de poner los pelos de punta a quien se atreve a meter la cara por alguno de los agujeros.

Resulta interesante observar a los mayores que habiendo reestimulado su propia infancia, al prestar atención a las risas y el asombro trivial, cómo se acercan a los agujeros con timidez y aparente poco entusiasmo. Se colocan imitando a los niños con la cara dentro del agujero y olvidando por un momento lo que su vida supone entre juegos de adultos y compromisos inagotables, se dejan llevar por el encanto del momento. Resulta maravilloso ser testigo de cómo su cara se transforma tan pronto reciben el sonido sordo y el repentino golpe de aire. Es verdad que no hubo ningún adulto que participara mientras los niños alegres y asombrados se apostaron haciéndose con todos los agujeros disponibles. Las risas pueriles, la cara de sorpresa, el pelo mojado por la brisa que logra colarse, y la paciente espera hasta que la nueva ola rompa. Lo mismo en adultos que en niños, después de la ola no había en ellos ninguna diferencia.

Es una delicia mirar los juegos infantiles, evidente invitación a redescubrir un mundo que no se agota, cómo logran transmutar una placida mañana en el retorno a la niñez, época sin prisas, sin mas obligación que ser feliz disfrutando del momento breve, del encuentro con lo nuevo.

Seguir descubriendo el mundo con alma de niño, equivale a un gozoso viaje lleno de prisa pero sin pausa, y así como niño, constatar que cada minuto es importante y que todos los huecos son interesantes, que vale la pena detener el paso para observar el insecto que afanoso traslada alimento a su nido. Que todas las pelotas que se acercan al pie se convierten en una oportunidad de probar destreza. Que los helados aun siendo del mismo sabor no saben igual y que son más ricos que la verdura. Que las cajas de cartón son un refugio excelente y si son pequeñas se convierten en habilidosos cascos de astronauta. Que los compañeros de juegos son grandes amigos a los cinco minutos y los grandes amigos siempre están ahí para seguir siendo cómplices incondicionales. Que la aventura termina cuando llega la hora del baño y aún este mismo puede seguir siendo una aventura.

Dejamos de ser niños, no cuando nos convertimos en adultos, sino cuando nos olvidamos de seguir descubriendo, cuando dejamos de asombrarnos, cuando damos todo por hecho, cuando el mundo se convierte en predecible y nuestro comportamiento deja de ser espontáneo. Cuando estudiamos y nos aprendemos formas y maneras, pero nos olvidamos de cómo fuimos en la época en que el paso de la hormiga tenía más importancia que todo lo demás y sólo habríamos de abandonarlo para contemplar el cielo, buscando formas a las nubes.

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