miércoles, septiembre 2

Capitán

Hay veces en que la vida se las arregla para deshacer enredos de la forma más inverosímil. Estoy convencida que cada situación tiene un porqué profundo y poderoso, que nunca llego a comprender sino después de mucho tiempo, en que el recuento reflexivo me convence que no podía haber sido de otra manera.

Algunas veces, incluso me he convertido en testigo o he actuado involuntariamente, a ciegas y sin propósito, en alguna una de estas situaciones tan exquisitamente organizadas. El asombro viene después, cuando el resultado final sorprende tanto que ni el guionista más afamado ha logrado imaginar tal cierre de situaciones con semejante perfección y calculo.

La historia que estoy por referir es un buen ejemplo.

Capitán, un perro Basset Hound, de orejas largas y mirada triste, salió de su casa en Guadalajara, ciudad grande y complicada; supongo que buscando los amores furtivos de alguna dama canina de la calle y se perdió. Llegó a casa de mi hermana una noche de tormenta, ella se compadeció de su lastimero llanto, y le permitió la entrada a la cochera.

Al día siguiente el perro ya tenía nombre y un plato lleno de comida. Pero no casa definitiva. Ella ya tenía otro morador canino, así que decidió llamarme para averiguar si me interesaba quedarme con el animal. Yo llamé a mi amiga, quién vivía al otro lado de la ciudad y que acababa de sufrir el tercer robo en su casa en ese mismo año, de modo que se encontraba asustada ante la posibilidad de un nuevo allanamiento.

Mi amiga dijo que si de entrada, sin averiguar siquiera la raza de Capitán.

Dos noches estuvo Capitán como eventual velador de la casa de la nueva dueña. Dos noches antes de que mi amiga, desesperada por el hábito nocturno de aullarle a la luna, decidiera a su vez, buscarle un nuevo dueño. No había mucha gente dispuesta a recibir un perro adulto. Mi amiga recordó que el velador del edificio donde tenía su consulta, había perdido hacía muy poco tiempo a su fiel perro pastor alemán. Mi amiga considero que un perro reemplazaría con facilidad al otro perro.

Pero cuando se acerco por la tarde con Capitán dentro del auto, se encontró que el señor no llegaba aún a su trabajo nocturno, el edificio estaba vacío y los jardines aledaños se encontraban cerrados por la verja protectora. Esperó más de una hora y el velador seguía sin aparecer. Tenía una cita, así que decidió meter al perro y al día siguiente acudir a dar explicaciones.

Es en este momento cuando la vida se encarga de dar el guiño final a la historia. La guinda que corona el pastel estaba por presentarse.

Mi amiga dejo el perro, cerró la verja y se lanzo a su cita.

Al día siguiente se encaminó a su trabajo esperando encontrar al perro al lado del velador. Ella suponía que habiendo pasado el tiempo suficiente el trabajador habría terminado por encariñarse con el animal y acabaría por adoptarle. En cambio se topo con el velador concentrado en sus labores de limpieza y extrañamente solo. No había perro ni cerca ni lejos. Al mirarla, a manera de saludo, le dijo: “Doctora, hoy me ha ocurrido la cosa más extraña de mi vida. Los señores para quienes trabajo en ocasiones, perdieron su perro y no se como diablos el animal vino a parar aquí durante la noche, hoy se los llevé y me dieron una buena recompensa”

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