miércoles, septiembre 16

Con sabor a tortilla

Vivo en Madrid. Sin embargo no es la primera vez que la vida me invita a vivir en España. Esta vez he vuelto con conocimiento de causa, volviendo de nuevo a un país que amo y considero mi segunda patria. Muchos de mis grandes amigos, familia que he ido haciendo en el camino, viven aquí.

Pero no ha sido fácil, sobre todo al principio. Pasar por el desarraigo inicial cala hondo en el alma. Los referentes familiares no existen, las caras conocidas escasean. E incluso el idioma compartido, resulta un tanto confuso y da lugar a situaciones que a veces derivan por derroteros inesperados. A mi me ocurrió, y gracias a ello me hice de una anécdota que guardo como favorita y saco a colación cuando alguien comenta que lo más fácil de vivir en España es compartir el idioma. El idioma si, pero no las connotaciones.

Nada más llegar, hace más de 20 años, convencí a quién era mi marido, chef de profesión, que aprovechando el mucho interés por México por parte de nuestros vecinos santanderinos, y la poca oferta culinaria a ese respecto, montamos un restaurante mexicano con riguroso apego a la tradición. El trato fue que mientras él se encargaba de cocinar yo haría las tortillas, torteando a mano, para darle mayor sabor artesanal. El restaurante funcionó, y tímidamente nuestros primeros clientes se dejaron llevar por la nueva aventura. Cada día vivía con más orgullo mi cargo de tortillera mexicana.

Pero las palabras cambian de una región a otra, lo descubrí de la manera más inocente en el lugar menos apropiado. Estando en la fila de un banco abarrotado.

Una buena señora, aburrida de esperar como yo, me preguntó si yo no era de ese lugar, con orgullo le respondí que era mexicana y que tenía mi trabajo en el pueblo cercano; ¿En que trabajas? me preguntó. Pretendiendo aprovechar la ocasión de hacerme con una nueva clienta para el restaurante, le respondí que era tortillera, y me dispuse a comentar el arte y el mimo con el que se prepara la cocina mexicana, comenzando por la elaboración de nuestras sabrosas tortillas. La señora no me dejo terminar, abrió los ojos como platos, y comentó con evidente disgusto: ¿Y lo dices así, con ese desparpajo?

(En España la connotación de tortillera es lesbiana).

Yo pensé con ingenuidad que no tenía idea de la cocina mexicana y seguí con mi labor de mercadotecnia: Señora, le dije armándome de paciencia, estoy segura que opina así porque nunca lo ha probado, quien lo prueba no deja de repetir, porque es riquísimo. Ella seguía en sus trece: Estoy segura que no me va a gustar, es más, me decía, no quiero saber nada de eso. Yo insistía alabando con prudencia las bondades de mi cocina: Eso dice porque no conoce, ¿cómo saber que no le gusta, si no lo prueba?-

La gente del banco no perdía detalle de la conversación.

Eres muy jovencita, me decía, para ya estar metida en esto. ¡Que va! Yo insistía, si en México, hay chicas mucho más jóvenes que yo que se dedican también a la tortilla, y no es difícil encontrar a la abuela, la madre y las hijas torteando al mismo tiempo..!

¡¡Madre mia!!, decía la buena señora, ¡¡no pensé que en México hubiera tanta!!...

Señora, le dije yo, para darle más importancia a mi cargo, si en México ¡¡ Hasta tenemos un sindicato!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar aqui tu opinión, comentario o duda.