¿Qué tiene que ver cuando una madre madura vive el vuelo de su hija, topándose con la aparente indiferencia de la que hasta hace poco fue su niñita? ¿Qué tiene que ver cuando esa misma madre se encuentra con la sensación de que su vecina también la trata con indiferencia, y cuando la hermana enferma no quiere aceptar sus cuidados y a su juicio también la trata con indiferencia? Son tres situaciones que en apariencia no se pueden equiparar, sin embargo tienen un elemento en común, quien lo vive lo percibe como el no reconocimiento de los demás. Circunstancia que termina por llenarla de ansiedad, sobre todo si tiene necesidad de seguir siendo requerida para brindar apoyo.
Muchas veces la vida nos permite vivir la misma situación desde diferente óptica y depende de nosotros comprender que aquello que nos incomoda del otro, solo es un reflejo de nosotros mismos.
Son eventos sin aparente conexión, una amiga, una hija, el cajero del supermercado, todos pueden estar “tocando” nuestro punto flaco, irritándonos tal vez, o alterando nuestro equilibrio sin causa ni coincidencia aparente.
Yo lo veo como la lección que se ha de repetir hasta que queda comprendida. A veces uno vive en carne propia el protagonismo, y otras pareciera que les ocurre a otros cuando en realidad estamos involucrados de nuevo, pero sin tanta relevancia aparente. Si nos afecta, molestándonos, poniéndonos tristes, o generando alguna emoción tiene que ver con nosotros mismos, la pregunta es ¿Por qué me incomoda esta situación?
No es fácil dar respuesta, resulta como la viga que no vemos en nuestro ojo por estar concentrados en la paja del ajeno. Es fácil expresar un veredicto, sabiendo de sobra lo que el otro ha de hacer. Es decir, si me incomoda es porque “el otro” lo está haciendo mal.
Y en la incomodidad pedimos que la otra persona nos comprenda, que se ponga en nuestro lugar y cambie, siempre de acuerdo a nuestra propia necesidad. Pero a la única persona que podemos cambiar, porque ya está en ese lugar en donde intentamos poner al otro, y porque es la única persona sobre la que tenemos influencia para lograr un cambio, es al “yo mismo”.
Es decir, que solo el yo puede actuar sobre el yo.
Pretender saber lo que le más le conviene al otro es faltarle al respeto, pues no tenemos el derecho, mucho menos el deber, de dirigir la vida de alguien más. Hay situaciones en que las circunstancias nos involucran en el devenir del otro de una forma más inmediata y contundente, como cuando ejercemos el rol de la paternidad, y como padres nuestra obligación nos pide orientación y guía hacia nuestros vástagos, pero nunca imposición, pues aun con toda la experiencia acumulada y la sabiduría que nos dan los años, no seremos capaces de saber qué es lo mejor para ellos, sobre todo anclados desde nuestras circunstancias y nuestra historia de vida. Es posible intuirlo, pero habrá que tomar en cuenta que cada vida, aun siendo cercana como lo puede ser de un familiar, es incomparable a las de los demás.
Si somos incapaces de vislumbrar todo el panorama de nuestra propia vida, con mayor razón estaremos siendo pobres en nuestra apreciación con respecto al panorama de la vida de los demás.
Respetar es comprender que si el otro difiere de nosotros no es porque esté equivocado o con el rumbo perdido, sino porque es diferente y su vida está siendo también diferente. Es comprender que si nos incomoda, nos hace daño o nos duele no es por el otro sino por nosotros.
De manera que lo mejor que podemos hacer es situarnos en nuestra realidad y desde nuestra perspectiva indagar si lo que vivimos no tiene que ver con el otro, sino con una lección no resuelta con nosotros mismos.
jueves, abril 15
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