Uno se muere decentemente y resulta que los deudos se encargan de torcerle la muerte al muerto. Ellos eligen la ropa que ha de llevar, con tan mal tino que quien se muere se queda desfavorecido o en el peor de los casos hasta desvestido para toda la eternidad. La última fiesta para el difunto y le ir toca recibiendo a los invitados en traje que no ayuda a su imagen con cara de estatua de cera, y a lo peor desnudo como llego al mundo, tapado por las telas de satín que acompañan a la caja pero sin zapatos.
Y luego vienen los llantos acompañados de mocos, pañuelos y chistes malos o buenos, pero que el difunto ya no escucha, o hace como que no se da cuenta para no morirse de risa y matar del susto en el mismo intento a los acompañantes que en sigilo buscan la manera de pasar el mal trago de la mejor manera.
Y es que para ser muerto hay que saber estar. Callado, sin queja, sin movimiento, con los ojos cerrados con anterioridad para que la mirada perdida no se encuentre en las pupilas de quien se acerca a la caja para verificar que el muerto murió con aire de placidez. Menudo susto para quien se vea reflejado en las pupilas vidriosas de quien antes de morir miraba.
Le rezan y le cantan, le dicen poesía y le escriben versos, y el muerto por estar difunto no puede decir nada, ni siquiera levantarse e irse por el enfado de escuchar lo mismo que además a veces ni siquiera tiene que ver con él. Lleno de flores, de olores, con las ganas del café de sobre, de las galletas y de escuchar el final de ese cuento tan bueno que por llegar más acompañantes se perdió de oír. Si en ese momento, quien muere no sabe lo que sucede al final de cuento, ya no lo sabrá por toda la eternidad.
Lo único bueno de estar muerto, es que es ya no le toca pagar por un festejo, que de todos modos tampoco le han permitido disfrutar.
martes, enero 18
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