jueves, septiembre 24

Vivir en la Fé

La vida a veces deja de ser un agradable paseo, en donde podemos detenernos a contemplar el sonido de la naturaleza, saludar a los amigos y aspirar el aroma de los arboles frutales que adornan el camino. Muchas veces se convierte en el aparatoso equilibrio sobre la cuerda floja.

Nadie se encuentra exento de ello. Las variadas circunstancias, por insignificantes que pudieran parecer al principio, dan al traste con el panorama idílico poniéndonos de repente al borde de un insospechado precipicio. Muchas veces la única opción posible es seguir avanzando, con mucho más cuidado, sin más atención que la concentración total sobre el camino que se va llevando a cabo, dejando atrás el paso ya dado, sin mirar atrás, ni al frente. No hay que mirar al cielo, pues se sabe que ahí esta, ni hay que mirar al suelo pues se trata de una amenaza constante en caso de perder el equilibrio.

No es imposible salir de la cuerda floja, exige atención total, exige confianza, destreza y sobre todo exige fuerza y coraje. La vida muchas veces es así, mirar al pasado, o al futuro distrae tanto que se pierde el ritmo del camino. Habrá un final, pues siempre ocurre, muchas veces no es feliz como sucede en las idílicas películas de Hollywood, pero la vida tampoco es cine, ni pagamos por salir contentos. Los finales muchas veces representan un alivio para la situación, aunque este alivio deje al corazón dolorido y al cuerpo agotado.

En la marcha cada paso es el presente, el momento que surge cada día, y exige se resuelva de la mejor manera acomodando el pie que prevé el próximo movimiento. Sin embargo no podemos andar el camino de una cuerda floja con solo los recursos de nuestro propio cuerpo, los equilibristas más experimentados nunca se aventuran sin el apoyo de su barra que le brinda equilibrio. Nuestra barra de equilibrio se llama fe.

Salimos adelante cuando nuestra propia fe se encarga de dar armonía como si de una barra de funámbulo se tratara, dando mayor peso, ajustando el paso, y sobre todo proporcionando seguridad en la marcha. Una barra que se alterna entre arriba y abajo, pero no mucho. Entre adelante y atrás pero tampoco mucho. Pero que no soltamos, porque sabemos que al momento de soltarla estaremos perdidos a merced del viento o de la más leve llovizna.

Y cuando el tiempo difícil ha terminado, y volvemos a pisar tierra firme y encontrarnos de nuevo ante el camino llano, la fe sigue siendo útil, ayudando a apoyarnos en ella, para ayudar al viajero que se ahoga, o para alcanzar los frutos maduros en lo alto del árbol.

Siendo una dadiva tan útil, ¿Por qué vamos a prescindir de ella?.

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